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Azerbaiján tampoco estaba en nuestra ruta original,
igual que Georgia, pero es paso obligado para entrar
en Irán sin tener que retroceder hasta Turquía. El
lunes 3 de noviembre de 2003 llegamos al puesto
fronterizo, en donde nos reciben con mucha amabilidad.
Después de explicarles varias veces, ante su asombro,
que no me gusta el Real Madrid y que mi equipo es el
Atlético, nos hacen pasar a una oficina de la Aduana
y nos piden que tomemos asiento. Todo forma parte de
una puesta en escena para decirnos que tenemos que
pagar $ 50 por el seguro del Toyota, tasa ecológica y
uso de la carretera, y claro está que no hay muchas
opciones de regateo.
Después de aceptar pagar dicho importe, la cara del
policía esboza una sonrisa de oreja a oreja, nos
entrega una serie de papeles indescifrables para
nosotros y nos hace pasar a otra oficina. Allí
pagamos otros $ 20 más para que nuestros datos sean incluidos
en el sistema informático !!! Eso sí, el
ordenador, el scanner y la impresora son nuevos. Lo más
irónico de todo es la cara de asombro que pone el
policía cuando le decimos que ya pagamos $ 50 en la
oficina anterior. Finalmente después de dos horas de
trámites a ambos lados de la frontera, entramos en
Azerbaiján.
Apenas unos kilómetros recorridos y nos detiene un
control policial con barreras, otra vez la misma
situación que en Georgia. Después de pedirnos la
documentación, nos dicen que no podemos continuar
porque está prohibido en Azerbaiján circular con los
vidrios tintados, aunque sólo sean los de las plazas
traseras del Toyota. La única opción que nos dan es
quitar el laminado, sabiendo que esto es imposible.
Claro que había una segunda alternativa, y era la de
darles dinero para dejarnos ir.
Pues bien, ya muy quemado por la experiencia en
Georgia, me niego a pagarles, les dejo mi pasaporte y
me alejo a un costado de la carretera a esperar. Esto
los desconcierta, siguen diciendo “money” y
“problem” pero yo miro hacia otro lado como si la
cosa no fuese conmigo. Luego de unos cinco minutos, me
llaman riéndose por mi nombre, me devuelven el
pasaporte y me dicen que puedo continuar el viaje.
Ahora el que ríe soy yo, pero dándoles las gracias,
no sea cosa que se mosqueen. Por suerte no volvemos a
tener problemas con la policía de Azerbaiján durante
el resto del viaje.
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Después de recorrer algo más de 500 kms por
carreteras en mucho mejor estado que las de
Georgia, a las 11 de la noche llegamos a Bakú
(para los rusos), Bakí como la llaman los
azeríes. La primera impresión es la de
llegar, por fin, a una ciudad iluminada. El
contraste con Tbilisi es muy grande, Bakú es
una ciudad moderna, limpia y ordenada, es como
llegar a un oasis.
Nos alojamos en el hotel Absheron, un enorme
edificio típico de la época soviética, en
donde la recepcionista daba la sensación de
haber pertenecido al Ejército Rojo. En cada
planta hay una persona, con su escritorio,
encargada de controlar todo lo que allí pasa
durante las 24 horas, tiene bebidas a la venta
y recibe y entrega las llaves de las
habitaciones, es como si hubiese una recepción
en cada piso del hotel , todo muy burocrático.
Y ni hablar de la cantidad de conserjes dando
vueltas por el hall de entrada del hotel,
cuento no menos de ocho.
Al día siguiente recorremos la calle
peatonal, el casco viejo y los puestos
callejeros de venta de artesanía local,
cuadros y recuerdos de la época soviética.
También visitamos el Maiden’s Temple o
Torre del Fuego, antiguo templo zoroastriano reconstruido
en el siglo XII, con paredes de
5 metros de ancho que servía de refugio para
los habitantes del lugar cuando se sentían
amenazados. Nos llama la atención la cantidad
de gente que se junta en los escaparates de
las tiendas de telefonía móvil para
contemplar los últimos modelos de teléfonos,
que por cierto cuestan igual o más caros que
en España.
El contraste entre Bakú y el resto de Azerbaiján
es notorio. Se trata de un país en
donde predomina el ámbito rural, muy poco
desarrollado y cuya economía depende básicamente
del petróleo y del gas. El nivel de vida de
sus ocho millones de habitantes es en general
bajo, resultando evidente la desigualdad en el
poder adquisitivo entre un sector de la
población de la capital, Bakú, y el resto
del país. Cuando hablamos con la gente en
Georgia sobre cuestiones económicas, políticas
o culturales, su punto de referencia, para
bien o para mal, es siempre Rusia. En Azerbaiján
es diferente, Turquía es el país
al que ellos miran como modelo a seguir.
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